Las formas de creación tradicionales en el arte (pintura, escultura y grabado) se han visto rebasadas desde cierto tiempo acá, por el veloz avance de la tecnología y sus formas de “memorizar” , crear y distribuir lo producido dentro de sus territorios.
No sólo han sido las formas de creación artísticas las que han tenido que adaptar sus paradigmas, sino las mismas relaciones y comunicaciones humanas, que recuerdan a la aldea global de McLuhan, una comunidad donde se habla el mismo idioma y las comunicaciones se ven facilitadas gracias a la tecnología.
Propone Marc Augé en “Sobremodernidad: del mundo de hoy al mundo del mañana” a la sobremodernidad a partir de la reflexión hecha sobre la identidad del individuo en función de su relación con los lugares cotidianos y la presencia de la tecnología. Las relaciones en el mundo actual son gestionables pero también simbólicas. En la antropología posmoderna todo está fragmentado, y encontramos que el mundo es diverso. La sobremodernidad expresa los excesos: de imágenes, de información y de individualismo, vinculados entre ellos. El exceso de información parece acelerar la historia, el de imágenes parece encoger al planeta.
El contexto aún en los grupos más aislados tiende a ser cada vez más planetario: [“Continuamente escuchamos hablar de globalización, de uniformización, hasta de homogeneización; y de hecho la interdependencia de los mercados, la rapidez, cada día más acelerada, de los medios de transporte, la inmediatez de las comunicaciones por teléfono, fax, correo electrónico, la velocidad de la información y también en el ámbito cultural, la omnipresencia de las mismas imágenes, o, en el ámbito ecológico, la llamada de atención sobre el alza de la temperatura de la tierra o la capa de ozono, nos pueden dar la impresión de que el planeta se ha vuelto nuestro punto de referencia en común.”] (Augé:1)
Es así que en un mundo sobremoderno, encogido por las avanzadas comunicaciones, atiborrado de información y de imágenes, la producción artística ha tomado caminos que le permiten producir para estos medios, sacando el máximo partido de la ubicuidad y la inmediatez propios del ciberespacio. Hay producciones que sólo han sido concebidas para ese espacio, por lo que en efecto tienen una existencia sujeta a los cambios que se sucedan en dicha realidad. Tal vez si no se les concede la posibilidad de realizarse en una presencia atómica tangible se quedan en una especie de ficción.
[“La pantalla no es un mediador entre yo y los que me presenta. No crea reciprocidad entre ellos y yo. Los veo pero ellos no me ven. Esta mediación naturalmente puede existir en otra parte; puedo tener un nexo familiar, político, amistoso o intelectual con los que veo en la pantalla. La molestia empieza cuando el simulacro se instala, cuando la ficción hace las veces de real, cuando todo pasa como si no hubiera otra realidad que la de la imagen”.] (Augé: 16)
Lo virtual hace difusa la línea entre lo real y la ficción, ya que por lo general es realizado con la predisposición de que será visto como algo que no es real, pero que podría serlo. Y mientras tanto, su existencia transcurre entre los unos y ceros del mundo de la información, esperando pacientemente por ser redescubiertos. Quién sabe si no se cuestionen ellos sobre estas mismas preocupaciones en sus charlas a través de interminables redes de cables, intentando dilucidar si vale la pena una pesada existencia dentro del mundo de lo físicamente tangible.
["En cambio, lo que es virtual, y podría ser una amenaza, es el efecto de la fascinación absoluta, de devolución reciproca de la imagen a la mirada y de la mirada a la imagen que el desarrollo de las tecnologías de la imagen puede generar".] (Augé:14)
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